Sobre Friedrich Ani
A continuación presentamos una breve autobiografía del escritor alemán Friedrich Ani, autor de las dos novelas protagonizadas por el inspector Tabor Süden que hemos publicado hasta el momento en nuestra colección de novela policíaca: La promesa del ángel caído y El bebedor del tranvía.
Al leer este melancólico, crudo y ante todo honesto retrato que Ani nos ofrece de sí mismo es imposible no pensar en algunos de sus personajes como el inspector Süden, su novia Ute, el zapatero Maximilian Grauke, su esposa Lotte y su cuñada Paula, el actor Jeremias Holzapfel o su compañera sentimental Inge Hrubesch.
Sin lugar a dudas en este texto Ani nos da algunas claves tanto para leer las historias que protagoniza el inspector Süden como para entenderlos a él y a los demás personajes que habitan en ellas. Al fin y al cabo no es casual que el inspector que Ani ha creado trabaje en el departamento de desaparecidos de la policía ni que los protagonistas de los casos que éste debe resolver decidan huir y dejarlo todo atrás.
Si ya habéis leído a Ani, seguro que sabéis de qué estamos hablando. Si no es así, en el texto que leeréis a continuación encontraréis razones de más para hacerlo.

Currículum Vitae 2007
Nacido el 7 de enero de 1959, a las 4:20 en el hospital Benediktbeuern de Kochel (Alta Baviera). Peso: 3.550 gramos. Altura: 51 centímetros. Hijo ilegítimo. Nombre: Friedrich Ali Georg Doppler. Bautizado en la fe católica el 15 de enero de 1959. La madre, Renate Ursula Helena, junto con su madre Berta Doppler y sus hermanos Anneliese, Helga y Fritz, llegó a Kochel a finales de la Segunda guerra mundial, como refugiados procedentes de Breslau (hoy Wroclaw, Polonia), pasando por Kufstein. El padre, Mohamed Ali Ani, nació en Mayadín, a orillas del Éufrates (Siria) y posteriormente se trasladó con su familia a Damasco. Sus padres lo enviaron a Alemania para que estudiara medicina y luego volviera a su país. En Kochel, donde estaba aprendiendo alemán en el Goethe-Institut, conoció a mi madre en un restaurante. Se casaron cuando yo tenía siete años en el registro civil de Kochel, mientras yo les esperaba en casa de mi abuela. No estuve presente en la ceremonia…
Un año antes, en 1966, murió mi abuelo Friedrich Doppler, y desde ese día, un 22 de diciembre, supe que la vida solo tiene un sentido: hay que aprender a soportar la soledad para estar preparado para la muerte en todo momento. En el entierro, en la nochebuena de 1966, maldije a Dios. Seguramente, aquella mañana nació mi religiosidad pesimista, que con los años se ha convertido en pesimismo religioso, característico también de la mayoría de mis personajes literarios.
Empecé a escribir sobre los siete u ocho años. Mi primer poema se llamó “El camino que recorres solo”. Pronto comprendí que no podía existir sin escribir, que mi existencia, sin la escritura, sería superflua. De pequeño me aprendía todas las historias que me contaban, y prestaba especial atención a lo que no se decía. Descubría las mentiras inmediatamente; como me educaron con mentiras, me convertí en un profesional de la mentira.
Ya en el instituto de bachillerato de Bad Tölz, dedicaba todo mi tiempo libre a leer a Sartre, Beckett, Camus, Hölderlin y Nelly Sachs, pero también cómics y autores como J.M. Simmel. Lleno de confianza en mí mismo, escribía diarios, obras de teatro, poemas y relatos breves; quería foguearme en todas las disciplinas y averiguar cuál era la más apropiada para mí. A mis padres no les interesaban mis escritos; de hecho, hoy en día creo que les asustaba mi fantasía y no soportaban dejarme solo: vigilaban todos mis pasos, me perseguían literalmente por el pueblo, mi padre me seguía en su coche cuando yo salía con amigos, sobre todo porque, igual que mi madre, despreciaba a mi primera novia, hija de una familia obrera humilde. Aquella actitud me parecía ridícula. Antes de que mi padre abriese su consulta en Kochel y se convirtiese en un médico respetado y con buenos ingresos, nosotros también habíamos llevado una vida modesta y normal. Hasta que cumplí diez años, en casa no teníamos agua caliente ni cuarto de baño, y el minúsculo retrete estaba en el rellano. Pero mi madre tenía unos planes de ascenso social muy bien diseñados, que no estaba dispuesta a dejarse estropear por nadie.
De todos modos, yo casi no presentaba resistencia. Soportaba las broncas y las prohibiciones igual que los golpes y las amenazas, y ponía por escrito mi rabia y mi amor desesperado: sustituía mi vida por la literatura.
Así sobrellevé los terribles años de mi adolescencia. No me gustaría revivir ni un solo instante de aquella época. Nada más acabar el bachillerato, a los pocos días, hice el equipaje y me marché. Mi mejor amigo me llevó en su coche renqueante a Múnich, donde me alojé temporalmente en casa de una conocida con la que había coincidido en Kochel trabajando los dos de camareros. Aunque mis padres mandaron a la policía tras de mí y se pusieron a buscarme ellos mismos, no consiguieron encontrarme. Al final los llamé y nos vimos en un bar. Nunca volví a dormir en casa. Encontré una habitación en un piso compartido en Schwabing, empecé a beber y fumar sin parar, descubrí a Dylan Thomas, escribí cientos de poemas y quería ser famoso. Aunque no sabía cómo.
Como todos los escritores jóvenes, enviaba mis escritos a editoriales y revistas, y recibía a cambio amables cartas modelo sin consecuencia alguna. Después del servicio social empecé a estudiar para ser redactor de revistas. Necesitaba dinero y lo único que sabía hacer era escribir. Como ya me sucedía de pequeño, casi solo me trataba con lo que llaman gente sencilla, la fauna habitual de los bares, gente de todo pelaje que me contaban, como antes, sus historias, para las que yo era el oyente perfecto y más fiel, hora tras hora, día tras día, noche tras noche. Desde entonces me siento uno más de esa gente.
Algunos de mis poemas fueron publicados en revistas y algunos de mis relatos aparecieron en pequeñas editoriales, pero aquello no era ni por asomo una manera de hacerse famoso ni de obtener una forma de reconocimiento digna de tal nombre. El motivo por el que quería llegar a hacerme un nombre me lo explicaba a mí mismo de una manera muy simple: así sería libre para desaparecer y lograría que me dejaran en paz; tendría suficiente dinero para dedicarme a escribir lo que realmente me interesaba, y no tendría que ponerme al servicio de nadie. Pero nadie me regalaba nada, y a veces eso me indignaba, porque me imaginaba que otros escritores lo tenían más fácil. Como si la suerte de los demás tuviera alguna importancia… Hoy entiendo lo que sucedía: nunca fui un joven escritor, simplemente era un joven, que escribía cosas que no podían clasificarse como literatura de vanguardia, que no exhibían el gozo, el entusiasmo, la ligereza y la arrogancia descarada que tanto se valoran en los escritores jóvenes.
Además no quería formar parte de ningún grupo. No me gustan las camarillas, los clubs ni las asociaciones. Entiendo que son necesarios para representar determinados intereses en la actual guerra por hacerse oír; percibo su voz como parte de la resistencia social, e incluso estoy dispuesto a ceder mi nombre de vez en cuando para una causa de interés mundial; pero por lo demás prefiero quedarme en mi habitación. O meterme en un bar y enriquecer mi soledad con el torbellino de voces y vasos que me resulta tan familiar. A lo largo de los años, el número de mis amistades ha ido reduciéndose; a los pocos que todavía habitan en mi entorno los veo raramente y los llamo con muy poca regularidad; es algo que lamento, pero que no puedo evitar. Mientras me aguantan, lo disfruto, y si algún día se apartan de mí, me despediré de ellos con un gesto de sincero agradecimiento por su generosidad.
Desde 1996 he escrito veinticuatro novelas, varios guiones, relatos y poemas. Ha habido avances, ahora tengo el valor de expresarme en prosa con toda la rudeza que me es posible. Por primera vez desde que escribo con conciencia de lo que hago, estoy en el camino correcto. Viendo la cantidad de elogios que mis libros concitan, supongo que ya debo ser casi famoso. ¿Empieza, pues -después del aplauso, ajeno al gran público, a mis obras de teatro y guiones radiofónicos-, aquella parte de mi vida que tanto ansiaba en mi juventud? ¿Seré pronto el escritor que quería ser a los trece años?
A veces pienso que me da lo mismo lo que gente opine sobre mi trabajo, que me da lo mismo ser famoso y el número de ejemplares que se vendan de mis libros. La mayoría de las veces me basta con saber que, pase lo que pase, voy a seguir mi camino. Ya tengo casi cincuenta años: ¿quién va a poder pararme a estas alturas? Pero otras veces tengo miedo de que mi falta de ambición sea mala para mi trabajo, soterre mi pasión y me haga indiferente ante la realidad concreta, que en cualquier caso sigue desempeñando un papel esencial en mis historias. Y me siento inseguro y asustado, pierdo la orientación y me rebajo incluso a leer reseñas de mis libros. Me temo que esto sea algo desastroso y vergonzoso. ¿Es que esa especie de autosatisfacción inútil y narcisista no puede esperar hasta que tenga ochenta años?
¡Desde luego que sí!
> Currículum vitae de Friedrich Ani, autor de la serie del inspector Süden
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Posted in Friedrich Ani
Octubre 23rd, 2008 at 10:47 am
[…] Friedrich Ani, autor de gran éxito de la literatura negra alemana, también se encuentra en esta cita presentando su último libro de la serie sobre el inspector Süden, un policía atípico cuyo método de investigación consiste en escuchar. […]