(Karoline Mayer, autora de El secreto siempre es el amor, nos envía una carta dedicada a los mineros chilenos que fueron rescatados hace unas semanas. Nosotros os la regalamos, porque creemos que es algo que debe ser compartido)

Después de la liturgia dominical de un invierno a mediados de los años 70, yo ya había despedido a la gente de la Comunidad Cristiana Jesús Sol Naciente y había apagado las luces de la Capilla, cuando me sorprendí al ver en la penumbra a un hombre con un abrigo oscuro inclinado sobre si mismo con la cabeza escondida entre sus manos. Al acercarme él levanto su rostro y me sobrevino toda su desesperación que el expresaba sin una palabra. En ese momento recordé que él había venido a nuestra oración algunos domingos, quedándose desapercibido siempre en un lugar bien atrás.
Ahora me habló, con mucha dignidad que había quedado cesante hace meses y que no tenía nada para alimentar a sus cinco hijos. Le acompañé a su casa y me encontré con su pequeña mediagua casi desmantelada: había una mesa, una silla, un anafre a parafina y dos camas para la pareja y sus cinco hijos que tenían entre 2 y 9 años, todos medio desnutridos. Entendí que hoy se necesitaban alimentos, mañana podríamos recibir a los niños pequeños en el Jardín Infantil y a los grandes mandar al Comedor y Hogar para apoyo escolar y para él había que inventar un trabajo como sea…
Volvió a sorprenderme cuando años mas tarde este mismo Padre de familia, invitado a dar un testimonio sobre la pobreza en un gran congreso de estudios sociales en Santiago: contó como por la cesantía había vendido todo lo que tenía para dar de comer a sus hijos, había llegado a la miseria total y se había asomado a creer que Dios lo había abandonado o no existía. Entonces había desafiado a Dios: le propuso que iba a ir a la Capilla y si no encontraba ayuda, regresaba a su casa para matar a sus hijos, su esposa y a si mismo. Estaba decidido, remarcó. Ahora resplandecía su rostro al dar a conocer, como Dios le había respondido y como su luz ilumina hoy su vida y su familia con sencillez y alegría.
Agregó que él y los suyos han descubierto mayor felicidad al solidarizar con sus vecinos pobladores necesitados con ojos abiertos y corazón generoso.
En algunos momentos de la vida la sensación de fracaso, miedo, abandono, soledad o del sinsentido de todo puede cubrir de oscuridad el alma. Es como estar en un hoyo negro. No se ve luz por ninguna parte y no se encuentra consuelo, entonces el Salmista desde hace casi 3000 años nos invita a levantar nuestra voz:
“Dios mío, ven en mi auxilio,
Señor date prisa en socorrerme”.
Puede ser el grito más desesperado de nuestro corazón que podemos repetir hasta quedar extenuados. El amor de Dios permitió que su Hijo Jesús deje estampado en la historia del mundo el grito más terrible de un ser humano:”!Dios mío, Dios mío, porqué me has abandonado!”
Pero es este amor hecho hombre, nacido en Belén, que vino a iluminar la humanidad. Vino para que cada ser humano sobre la tierra descubra la luz divina en su corazón:
“El pueblo que caminaba en las tinieblas vio una luz grande y su resplandor iluminó a los que vivían en el país de las sombras…”
Isaías 9.1
Es un misterio de la humanidad – y yo lo he presenciado – que tocando fondo un ser humano en toda su existencia, se pueda producir una chispa de vida en el alma que le conecta con el más allá, una realidad inexplicable, superior. Los creyentes llamamos esta experiencia “el toque de la gracia divina”: es un nacer de nuevo, que transforma todo el ser. Quisiera invitar a todos los seres humanos que pasan por las diferentes oscuridades del mundo, no tenerles miedo sino enfrentarlas y buscar la luz con todo su ser.
Es el amor de Dios que iluminó los lugares más oscuros y escondidos de mi corazón: mis miedos, egoísmos, vanidades, mentiras, envidias, rencores y tantas otras pequeñeces. Pude experimentar, como la luz divina los transformaba, liberándome de tantos sufrimientos, aceptándome a mi misma así como soy.
Cuando se disuelven las oscuridades y el alma se eleva a la luz, empieza a resplandecer en nosotros la vida en toda su plenitud. Esta vida se realiza en todas sus expresiones como amor entregado a los demás – es Dios que se manifiesta en nuestra vida.