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Mi botella imaginaria

Publicado por Plataforma el 31/12/2007

Este es un cuento original de Albert Figueras, para la revista Mundano de Panamá, como previo a la publicación de su libro.

Mi botella imaginaria
Albert Figueras – Autor de Pequeñas grandes cosas

El cuento El diablillo de la botella (The Bottle Imp) del escritor escocés Robert Louis Stevenson es una de las primeras historias “de verdad” que recuerdo haber leído, después de los cuentos troquelados de Ediciones Toray y, posteriormente, las aventuras de misterio de Enid Blyton publicados por Editorial Juventud. Fue durante alguna gripe a comienzos de los 70, cuando en España había poca televisión y la vida, la ciudad y la sociedad estaban teñidas por el gris frío que constituye la larga estela que dejan las guerras tras de sí. En aquella década estaba a punto de volver de nuevo el color, y eso coincidió con mi paso a la adolescencia.
Harto de cama y sabiendo mis libros de memoria, decidí hacer una incursión en la biblioteca de mis abuelos. Me llamó la atención un volumen titulado “Cuentos de los Mares del Sur” con la clásica cubierta de topos blancos sobre fondo negro de la Colección Austral de Espasa Calpe, una edición publicada en Buenos Aires en 1947, y que probablemente llegó a manos de mi madre (quién firmaba en la primera página, “Paquita, 1953”) a través de unos parientes lejanos que habían ido a buscar fortuna a la Argentina. Pero esta es otra historia, y yo sólo quería hablarles de botellas.


El diablillo de la botella era la primera narración de ese libro, que todavía conservo. Explica una historia de ambición –y también una historia de amor– centrada en una botella de vidrio blanco en cuyo interior se apreciaban los colores del arco iris. En esa botella tan particular vivía un diablillo que concedía cualquier deseo al dueño de la botella excepto el de alargarle la vida. Pero el hecho de poseer la botella tenía su contrapartida: si el dueño moría sin venderla, pasaría toda la eternidad en el infierno; para evitarlo, bastaba con venderla, siempre por un valor menor del que él había pagado al comprarla, y, además, la transacción sólo podía hacerse en monedas y con el libre consentimiento del comprador.
El hawaiano Keawe descubre la botella al encontrarse con un anciano en San Francisco, una persona aparentemente rica y dueña de una hermosa casa, pero que se encuentra sumida en la tristeza: quiere deshacerse de la botella antes de morir para evitar ir al infierno. Keawe se la compra e inmediatamente desea ser el dueño de una gran mansión; logra su anhelo, pero pronto se da cuenta de que eso tiene un precio, porque consigue su mansión después de heredar una gran fortuna tras la muerte accidental de su tío. Por tanto, pronto se deshace de la botella, pero un tiempo más tarde intentará comprarla de nuevo, cuando conoce a una bella mujer con quien no se puede casar al descubrir que tiene lepra. Así, recuperará la botella y se curará, pero tratará de deshacerse de nuevo de ella, lo que resulta cada vez más difícil, porque su precio ya está en dos centavos. El amor –que significa esencialmente “dar”–, por encima de la ambición –que significa “tener”–, precipitará el desenlace de este mosaico que tan bien retrata las pasiones humanas.

En realidad, esta no es la botella que poseo ni a la que hago referencia en el título.
En la vida, de botellas con diablillo hay muchas; todos las tenemos al alcance de la mano. Basta con destaparlas para dejarse llevar por el perfume intenso de ese diablillo que es la envidia, el ansia de poder o el hambre de dinero. Basta destaparlas para dejarse embrujar por el canto de las sirenas que abundan en la sociedad, que nos ciega, que nos anula la voluntad e impide que la especie humana siga la senda que debería conducirla a la verdadera humanización (en el sentido expresado por eminentes antropólogos o paleontólogos, como Eudald Carbonell, uno de los estudiosos de los yacimientos de Atapuerca, donde se han encontrado huesos de los homínidos más antiguos de Europa).
No, no me refiero a ese tipo de botellas.
La botella que les quiero presentar –bueno, en realidad, la botella que les quiero regalar– es una botella virtual. De entrada, eso tiene la ventaja de que Usted puede imaginársela con la forma que más le guste y del color que le apetezca. Pero esta botella ni se compra ni se vende; en realidad, sólo surte efecto cuando se regala o cuando alguien la encuentra abandonada en una playa al bajar la marea, brillando al recibir un rayo de sol que penetra el espeso manglar, o tirada entre la maleza del bosque.

Mi botella –bueno, ahora también SU botella– está vacía, y se trata de que la vaya llenando cada día, cada hora, siempre que pueda. La botella de la vida se va llenando con paciencia y gota a gota. Naturalmente, puede llenarla de lo que más le apetezca.
Hay quien intenta henchirla de dinero; el problema es que el dinero genera mucha envidia y, como dicen en la isla de Santa Lucía: Lajan ka fonn kon gwes an difé (“l’argent fond comme la graisse sur le feu”, “el dinero se derrite como la grasa en la sartén”).
Otros sólo consiguen llenarla del odio que despiertan en los demás. O de envidia, o de miedo…
No, no es esa mi propuesta.
Le propongo que en su botella guarde gotas de oxitocina. ¿Gotas? Mejor cántaros, algibes, mares de oxitocina.

Claro que quizás tendría que empezar por explicarle qué es eso de la oxitocina y cómo se consigue. Déjeme aclararle que no es ningún medicamento nuevo, que no es algo que se pueda adquirir en ningún comercio, ni ninguna pócima de esas que se venden en Internet.
Es mucho más sencillo. Si recientemente ha tenido un hijo, quizás la palabra le suene. Probablemente su médico le comentó que le pondrían un gotero con oxitocina para acelerar el parto y, bueno, si usted es mujer, seguramente también recuerda el dolor intenso que le producían las contracciones desencadenadas por la maldita molécula cuyo nombre viene del griego y significa “parto veloz”.
Pero quiero hablarle de la oxitocina que tenemos en el cerebro. Usted tiene oxitocina; cada día genera unas cuantas gotas de esta sustancia, junto con gotas de serotonina y varios otros neurotransmisores más –una especie de lubricantes de las neuronas, que permiten el funcionamiento cerebral, el pensamiento, el procesamiento de las sensaciones, del humor, de la tristeza o de la alegría, del deseo sexual o de la felicidad… –.

Cada neurotransmisor tiene su función específica dentro del cerebro, y a la oxitocina le ha tocado un papel especialmente importante: la oxitocina se segrega a raudales cuando nos abrazamos, cuando algo nos produce bienestar, cuando establecemos relaciones sociales sólidas y satisfactorias, al hacer el amor, al tener una conversación profunda con otro humano, si nos dan un masaje relajante, si escuchamos una música que realmente nos guste, al tomar una ducha tibia y notar como el agua nos resbala por la espalda, al percibir un aroma de ensueño, al recordar con intensidad y plena consciencia una situación agradable, …
La oxitocina es una sustancia que se conoce desde hace unas cuantas décadas, pero durante bastante tiempo sólo se le atribuían efectos en el parto. Sin embargo, poco a poco se fue descubriendo su enorme papel para facilitar las relaciones entre las personas, su rol protagonista para lograr bajar esas barreras que cualquier mamífero superior levanta frente a un extraño de su misma especie. Tanto es así, que la oxitocina ha recibido el nombre popular de “hormona del amor”, precisamente porque facilita las relaciones interpersonales y, por otro lado, nuestro organismo la produce en grandes cantidades cuando estamos frente a semejantes con quienes nos sentimos bien.

¡Y todavía más! El papel de la oxitocina no se queda ahí. No se trata simplemente de otra molécula que nuestro cerebro produce, como sucede con tantas y tantas sustancias que se generan en ese laboratorio ambulante que es el ser humano. La oxitocina contribuye a hacernos sentir placer, pero además, tiene una actividad bien importante: contrarresta los efectos de los corticoides que generamos ante situaciones que nos producen estrés.
La sociedad del siglo XXI es una sociedad que vive estresada. Todos tenemos la sensación de ir al límite. El mundo laboral nos exige más y más. El dinero nunca es suficiente para hacer frente a las necesidades y deseos nuestros y de nuestra familia. El jefe, la empresa, nos exigen más y más… Todo ello favorece un estado de angustia y de miedo más o menos permanentes, que se unen a la aversión que nos produce la incertidumbre vital y, a la larga, se traduce en esas enfermedades que los médicos llamamos psicosomáticas: dolor de espalda, mareos, vértigos, hipertensión, dolor de estómago, insomnio, angustia, e incluso problemas cardiovasculares más graves, como infarto de miocardio.
Ahora más que nunca –precisamente cuando parece que la sociedad nos brinda más comodidades, mejor sanidad, más técnica y más conocimientos–, es cuando más enfermedades “de la sociedad” hay en todo el mundo. Y ahí es donde la oxitocina tiene un gran papel.
Varios estudios han demostrado que cuando se logra que la persona tenga unas concentraciones elevadas de oxitocina (y que esta situación se mantenga de un modo más o menos permanente, crónico, como un estado vital), ésta sustancia es capaz de contrarrestar los efectos nocivos de los corticoides segregados como respuesta al estrés. O sea que, probablemente, quienes son capaces de generar más oxitocina, son personas que, a la larga tienen mejor salud y, además, tienen más bienestar, porque la oxitocina se produce en situaciones que nos hacen sentir bien.

Les regalé su botella. Sólo se trata de hacer el esfuerzo de irla llenando cada día de tanta oxitocina como puedan. Es algo que, a parte de contribuir a su buena salud, les producirá placer, el placer de las relaciones con los demás, el placer de saborear los buenos momentos, el placer de vivir. Y no cuesta un centavo.

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3 comentarios

  1. Jordi Nadal Says:

    [...] • Pequeñas grandes cosas. Tus placebos personales Albert Figueras, Plataforma Editorial, 2007 ¡Qué bueno cuando ciencia y humanismo se unen y nos enseñan a vivir! > http://plataformaeditorial.com/blog/?p=37#more-37 [...]

    Publicado en enero 6th, 2008 at 12:05 pm

  2. Belén Says:

    Mi botella recién estrenada está ya con el gotero en marcha! gracias!

    Publicado en enero 14th, 2008 at 5:24 pm

  3. ana Says:

    ahh me encantó tu artículo, retomaré el sustituir pensamientos negativos con recuerdos felices, contarme chistes y hacer cosas placenteras. Gracias por la botella, no te prometo que dure mucho tiempo! ;)

    Publicado en enero 8th, 2010 at 10:07 am

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